jueves, 10 de julio de 2008

MIRADA BUSCADA

(Paul Tellería )

La memoria es redundante: repite los signos para que la ciudad empiece a existir. Italo Calvino

Escribir con ojos de barrio, con lente de cámara criolla, es sin duda un mandato, el desafío de la voz que habla en el viento de ciudad el encargo. Esta crónica buscada, pintura de palabras, saltará las fronteras imaginarias de mi ciudad y se depositará en las miradas que ahora la leen. Esta maraña de haceres paceños que nacieron puliendo las suelas de mi andar en sus adoquines, serán una invitación a des enredar sus calles.

Empiezo estas páginas, forma de caminar en palabras las calles de esta hoyada caótica y despierta y en el camino voy mutando miradas en la serenidad de que más allá de la cordillera algún otro beberá estas imágenes, tomará esta ciudad sin tocarla.
La Paz, es lo más parecido a Buenos Aires, si llegas después de vivir un año en una Kabul bombardeada, me dijo una amiga porteña. Nunca supe si fue halago o ironía. En todo caso, su geografía es un collage armado con engrudo, una versión de Alasitas de alguna gran ciudad y según alguien entraría enterita en un barrio del D. F.Con sus aires de metrópoli en maqueta deliberadamente desordenada, respira desde el carnaval de colores de sus casas, desde sus ladrillos apilados en laderas. Late por su geografía a mano alzada. Tiene mil luciérnagas con vida propia en sus cerros. Cuando la ves de noche desde La Ceja, así en silencio de viernes, puedes sentir a esa gran constelación de vidas en tus manos. Transitarla al alba en cambio produce el inevitable encuentro con su bruma de espada, esa que envuelve, con el arrullo mudo de montaña, las pestañas dormilonas de tanto paseante urbano, que a sopapos despierta a vivirla.

No basta para entenderla, la postal de focos desordenados en las laderas, esa que venden en la Sagarnaga a mochileros israelitas. Es necesario mirarla de a pie, beber sus calles de a poquito. Empezando por sus caóticos y vivo olientes recovecos del centro que tanto gustan a los “gringos”. Esta ciudad jode a los que no fueron paridos en sus huecos, a los que no son bacteria de sus ríos. Jode, por lo seca, lo alta, lo rara y de a poco te va agarrando con su Ajayu de contrastes, rostros y costumbres.

La ciudad te atrapa, por sus callejuelas, su mercado dentro del mercado, por sus voceadores y poetas de ladera. Te muerde y se va filtrando por tus poros a medida que pasan los años. Va tiñendo poco a poco tus huesos del color de la montaña.

Así, un día cuando te encuentres siendo un vigía de su altura, cuando el aullido de sus ánimas sea más arrullo que espanto, decidirás que no querrás irte y habrás asumido el destino de caminar por sus calles, con el río acariciando tus plantas, con sus ninfas de


sub suelo susurrándote a cada paso que El Illimani permanecerá incólume luego de que marches. Ahí entenderás que la ciudad habita, se transforma en ti y que sólo encontrarás tu cuerpo cuando aceptes morir desgastado en sus laderas.
La contradicción de estas calles, de este camaleónico mestizaje, toma carne en mis ojos cuando en mitad de la víbora colorida de San Francisco, miro el orgiástico baile de bocinazos, vendedores, carruseles, borrachos, polleras ventila viento, lustras con mejillas paspadas, oficinistas empujadores, “artilleros” mutantes . Más allá de donde habitas, debajo el puente, lamiendo las suelas de sus hijos, nos nutre el Choqueyapu aprisionado.

Descender por su columna es el mandato del viento y sumergirse en las vidas que duelen, ruedan, empujan, gritan, es la consigan de quien quiere pintar la libreta con sus calles y sus angostos rincones. Ladera este, ladera oeste, hueco sur, bosque norte. Mis piernas esperan en la mitad de su columna en Sopocachi y me dirijo a sus caderas abiertas, a tocar sus huesos en Las Animas.

Al caminar por el Sur, hueco rodeado de concavidades y cráteres de arcilla, la ciudad no se escucha bien, molesta la copia barata de suburbio gringo, la música MTV, mezclada con cumbia y neo caporal en descapotables no deja sentir el viento.

Me abro paso por las calles de casas amuralladas y avenida de palmeras, rumbo al Getto a la mancha de edificios de ladrillo donde habito. Entre eucaliptos y cloacas celebro el guiño de luna que asoma y dejo a su luz la respuesta de mi viento. La silueta bañada de focos en la montaña dibuja la mancha de ciudad. Más allá de la comarca que hoy no tiembla, más cerca de la maqueta de edificios apilados se encuentra La Paz.

Habrá que caminar ésta ciudad para entenderla, para ver sus grafittis en ingles en los barrios “jailones”, para leer la poesía de jóvenes del Alto que con orgullo se llaman “Los Nadies”, para escuchar a sus raperos con denuncia descarnada, con hambre e incredulidad. Para temblar con sus Punks y Góticos que disfrutan lamiéndose las espaldas en un banco de El Prado.

Habrá que romperse los pies en sus adoquines llenos de espuma de cerveza en El Gran Poder, para oler el mestizaje que la ensalza; habrá que despertar en Cotahuma cagando de frío en algún cementerio de elefantes para entender el desprecio que ella misma produce hacia sus hijos.

La Paz, habrá que caminarte hasta que de las piernas nazcan poemas de ampolla. Andares de ciudad, trajines de los cuerpos, de los personajes que la habitan. Habrá que hacerse en sus esquinas y des hacer la en las palabras.

La Paz, verso en piedra en mi palabra, adoquín ruidoso en mis cantos, te escribo estas páginas, estos pincelazos breves para mostrar la ciudad que se ha develado en mí. Convoco a tus pupilas a ser nuevo desvelo en las páginas siguientes, en sus calles sus personajes, su noche y sus espectros.

2 comentarios:

José Luis Bedregal Vargas dijo...

Qué bien Paulk, celebro esos Trajines y esos haceres, celebro tu mirada buscada y tu "sangrado" a partir de esta ciudad. Leerte será una forma de perderse en esta ciudad para conocerla.

Unknown dijo...

Gracias Omarc!
Saludo por la inclita.
Te aviso cuando presentamos el libro